Había prometido que cuando las musas me arrinconaran nuevamente, y por aquello del sano equilibrio, me referiría a las bondades del Sr. F. Sin embargo mis planes se han visto repentinamente truncados en estos días, debido a bizarros acontecimientos que me obligan, finalmente, a retractarme de tan ingenua y loable iniciativa.
Pocos días después de que colgara en este blog la inofensiva entrada que lleva por título El Malvado y Panóptico Sr. Feisbuc, me topé con la desagradable sorpresa de que en los muros de algunos contactos, e incluso en el mío, aparecían mensajes supuestamente enviados por Laura Flores, o sea Chita, o sea yo, referidos a un tal video de una página llamada Estultissia.com o algo similar.
Dicho de otro modo, el Satánico Señor estiró la mano, escogió a una de sus adiestradas y transgénicas ovejitas de la granja feisbuc, mejor conocida como Farm Ville, y, dueño y señor de los espacios infinitos, la mandó a jaquearme.
Que dicho ataque haya sido planeado en los invisibles headquarters del Sr. F o que haya sido obra de algún díscolo y simpático cibernauta, poco importa; lo cierto es que se me activó la paranoia y cuando eso le pasa a Chita, no hay vuelta de hoja.
CONSIDERANDO, entonces, que el Satánico Sr. Feisbuc:
1. No acepta crítica.
2. Es enemigo del diálogo.
3. Tiene sus mecanismos internos para purgar a la disidencia y por lo tanto es taliniano.
4. No le gustan los focos de subversión.
5. Se parece demasiado a Óscar Arias.
Esta chita ACUERDA:
1. Agarrar sus chuicas, sus fotos, sus “contactos” y ahuecar el ala, para tratar de volver a su pequeña y desconectada vida antes de Feisbuc.
2. Tratar de volver a las formas de socialización anteriores al Muro, al muro de Feisbuc… tomar café o birra con sus compas, escribir cartas o correos, llamar por teléfono aprovechando su recientemente estrenada incursión en la era celular, seguir hablándole a desconocidos en la calle, saludar al pulpero –el último que queda, por cierto-, y recordar a los mejores amigos que se me han ido muriendo con el paso de los años, incluyendo perros y conejo; en fin, todo ese tipo de cosas que enaltecen mi humanidad.
Hasta nunca Sr. Panopticon, muy agradecida por los sanos ratos de esparcimiento.
Una oveja menos en la granja.
miércoles 18 de noviembre de 2009
martes 10 de noviembre de 2009
::::
A veces amanece
cuiteada y espléndida.
Otras veces gira con el viento,
y simplemente llora.
Torcida la boca, los ojos abiertos.
Su hipocresía es delgada
adoquinada y nueva.
Tiene parches y grietas
Para sangrarle tiempo a las aceras.
Escupida toda,
Borrada a medias.
Perfecta y desmemoriada
Con sus pedazos de lo que queda.
Despoblada a golpes.
Le mataron los zapateros los tranvías la biblioteca
y quedó renca, como una gran mentira de charcos luminosos
como un puñado de asfalto hirviendo en la retina.
Es la última parada
de las democracias tuertas.
Escaparate rancio donde brillan siempre las mismas muecas,
donde el humo de los buses habla su violencia ronca
de cuartos casinos cartones.
Su violencia es de agua caliente
de cortinas con flores.
Tiene dolarizadas las avenidas
Y parques con sus bancas,
sus fuentes,
sus viejitas tristes.
La violaron entre varios.
Varillas de cemento.
Tiene rótulos largos de diez pisos
No tiene ejército.
Es ella, enjambre de soledades y semáforos
ella toda, sola y hambrienta
y se va borrando poco a poco
luego de cada aguacero.
cuiteada y espléndida.
Otras veces gira con el viento,
y simplemente llora.
Torcida la boca, los ojos abiertos.
Su hipocresía es delgada
adoquinada y nueva.
Tiene parches y grietas
Para sangrarle tiempo a las aceras.
Escupida toda,
Borrada a medias.
Perfecta y desmemoriada
Con sus pedazos de lo que queda.
Despoblada a golpes.
Le mataron los zapateros los tranvías la biblioteca
y quedó renca, como una gran mentira de charcos luminosos
como un puñado de asfalto hirviendo en la retina.
Es la última parada
de las democracias tuertas.
Escaparate rancio donde brillan siempre las mismas muecas,
donde el humo de los buses habla su violencia ronca
de cuartos casinos cartones.
Su violencia es de agua caliente
de cortinas con flores.
Tiene dolarizadas las avenidas
Y parques con sus bancas,
sus fuentes,
sus viejitas tristes.
La violaron entre varios.
Varillas de cemento.
Tiene rótulos largos de diez pisos
No tiene ejército.
Es ella, enjambre de soledades y semáforos
ella toda, sola y hambrienta
y se va borrando poco a poco
luego de cada aguacero.
viernes 23 de octubre de 2009
El malvado y panóptico Sr. Feisbuc
Desconozco, estimados lectores, cuántos de ustedes, al igual que yo, han caído en las garras del Sr. Feisbuc. En el adictivo y solitario vicio de abrir galletas chinas de la suerte a medianoche o en la compulsión de utilizar las sesudas aplicaciones para saber en qué época debió haber nacido o de qué color tiene el aura.
Ignoro cuántos minutos al día invierte usted, mi estimado cibernauta, en el consumo exacerbado de minutos filosóficos o de cuestionarios que, al mejor y más depurado estilo Cosmo, le indican qué tan bueno es en la cama o a cuál estrella de Hollywood se parece.
Ignoro si han caído ustedes en la trampa de esperar a que Harry Potter y la magia de su Verbo les arreglen el día… si conocen las minucias técnicas de etiquetar y etiquetarse en las fotos de conocidos y no tan conocidos, o si experimentan la anestesiante y compulsiva manía de cambiar su “estado” cada quince minutos, para contarles a sus amigos lo rico que estaba el súchi que acaban de comerse o lo linda que está la playa donde han elegido pasar sus vacaciones para descansar de la oficina y, claro, de la computadora. Mi idea no es satanizar al Sr. F… la verdad no hace falta.
Pequeñas cajas -decía Foucault-, pequeños teatros, donde cada actor está solo, perfectamente individualizado y constantemente visible. Así definía el filósofo francés las áreas periféricas al panopticon, ese espacio elevado, imprescindible en las cárceles y reformatorios, desde donde se vigila y controla al otro. Así me siento yo en el Feisbuc, en esa experiencia ambivalente y esquizoide donde me convierto alternativamente en el panóptico que observa y en la periferia observada. Vigilo y soy vigilada. Imagino, además, que puedo controlar lo que observo, siento que tengo el poder de observar la vida de los otros, o al menos ese espacio adulterado de privacidad que cada quien elige exhibir. Vivo anclada a la ilusión de poder controlar la información que tengo expuesta en mi perfil, mientras mato el tiempo enviando sonrisas y tapitas, me adhiero a causas o regalo ovejas a mis vecinos de la ciudad-granja, sin darme cuenta que al hacerlo me voy convirtiendo en una pequeña caja: aislada, observada, constantemente visible y adictivamente atada a esta red social donde creo saberlo todo y sin embargo no sé nada. Consumo y vomito datos, cual galletas chinas y tréboles de la suerte, en una danza compulsiva muy acorde a las mismas leyes del mercado y sus mandatos básicos de correrás, competirás, consumirás y desecharás.
Feisbuc es, en cierta medida, una arquitectura del aislamiento, muy acorde a la vivencia de irnos encerrando en nuestros barrios-ghettos-condominios y, cual borregos sencillos, crucificarnos con sistemas eléctricos y guardas privados. Nos sentimos a salvo en la penumbra de no saber nada del otro. Nos vamos aislando fuera y dentro de la pantalla. No se trata solamente de irnos aislando cada vez más en nuestros temores, sino de aislarnos también en esa narcicista y solitaria experiencia de la sobreexposición. Máquina panóptica. Nuestra sociedad -decía Foucault con justa razón-, no es una sociedad del espectáculo sino de la vigilancia. Yo diría que es una mezcla de ambas: la vigilancia se ha convertido en espectáculo.
El autómata Sr. Feisbuc nos da la posibilidad de convertirnos en el ojo que todo lo mira, nos brinda la orwelliana posibilidad de ser todos los días el Gran Hermano, y nos regala, además, la ilusoria sensación de la cercanía y una cercenada posibilidad de la inmediatez. ¿Qué más se le puede pedir al Siglo XXI?
Acumulación de instantes, acumulación de información: sé dónde están mis amigos, sé lo que comieron, sé cómo se sienten, sé, sé, sé, sé sus fragmentos. Y el tiempo, al igual que la página de inicio, es un vómito de datos donde todo transcurre sin dejar huellas.
Desde que el satánico señor Feisbuc apareció en mi vida, todo ha cambiado; no sólo porque revisar el correo es correr el riesgo de morir aplastada por una avalancha de notificaciones, comentarios, invitaciones a eventos, cadenas de comentarios de conocidos y otro sinnúmero de personajes con quienes nunca he tenido el gusto o disgusto de interactuar, sino porque ahora ya no necesito ver por la ventana para vinear al otro. Nada más rico, sí, que hurgar en la vida del otro. Porque si antes teníamos que correr la cortina y hablar bajito para espiar a los vecinos, ahora, por obra y gracia del señor F, tenemos la plácida dicha de samueliar a nuestro antojo la vida y los muros de todos nuestros contactos. Tenemos nuestro panóptico para vigilarlos a todos sin ser vistos. Tenemos nuestro propio reality show al alcance de un clic, además de un chorro de amigos acumulados en cajitas donde vamos a visitarlos: una linda granja, un mundo feliz.
La posibilidad de ser una mirada sin rostro es absolutamente seductora. Feisbuc es la materialización de una sociedad obsesionada con la ilusión de la inmediatez, alimentada por la soledad de millares de ojos que, apostados por doquier, siempre en vigilia, conforman, como bien señaló Foucault en su momento, una larga red jerarquizada. El Sr. Feisbuc ha llegado para quedarse. Se ha instalado en la cotidianidad de nuestras soledades.
Pero no crean, a pesar de todo lo anterior no soy una fundamentalista anti-feisbuc; no creo que todo sea todo sea perverso en el carelibro… Tengo algunas historias rescatables de mi relación con el malvado y panóptico Sr. F. Lo malo es que, por razones que podrían ser erróneamente asociadas a twitter, repentinamente he caído en cuenta: se me acabó el espacio... y también la inspiración.
Ignoro cuántos minutos al día invierte usted, mi estimado cibernauta, en el consumo exacerbado de minutos filosóficos o de cuestionarios que, al mejor y más depurado estilo Cosmo, le indican qué tan bueno es en la cama o a cuál estrella de Hollywood se parece.
Ignoro si han caído ustedes en la trampa de esperar a que Harry Potter y la magia de su Verbo les arreglen el día… si conocen las minucias técnicas de etiquetar y etiquetarse en las fotos de conocidos y no tan conocidos, o si experimentan la anestesiante y compulsiva manía de cambiar su “estado” cada quince minutos, para contarles a sus amigos lo rico que estaba el súchi que acaban de comerse o lo linda que está la playa donde han elegido pasar sus vacaciones para descansar de la oficina y, claro, de la computadora. Mi idea no es satanizar al Sr. F… la verdad no hace falta.
Pequeñas cajas -decía Foucault-, pequeños teatros, donde cada actor está solo, perfectamente individualizado y constantemente visible. Así definía el filósofo francés las áreas periféricas al panopticon, ese espacio elevado, imprescindible en las cárceles y reformatorios, desde donde se vigila y controla al otro. Así me siento yo en el Feisbuc, en esa experiencia ambivalente y esquizoide donde me convierto alternativamente en el panóptico que observa y en la periferia observada. Vigilo y soy vigilada. Imagino, además, que puedo controlar lo que observo, siento que tengo el poder de observar la vida de los otros, o al menos ese espacio adulterado de privacidad que cada quien elige exhibir. Vivo anclada a la ilusión de poder controlar la información que tengo expuesta en mi perfil, mientras mato el tiempo enviando sonrisas y tapitas, me adhiero a causas o regalo ovejas a mis vecinos de la ciudad-granja, sin darme cuenta que al hacerlo me voy convirtiendo en una pequeña caja: aislada, observada, constantemente visible y adictivamente atada a esta red social donde creo saberlo todo y sin embargo no sé nada. Consumo y vomito datos, cual galletas chinas y tréboles de la suerte, en una danza compulsiva muy acorde a las mismas leyes del mercado y sus mandatos básicos de correrás, competirás, consumirás y desecharás.
Feisbuc es, en cierta medida, una arquitectura del aislamiento, muy acorde a la vivencia de irnos encerrando en nuestros barrios-ghettos-condominios y, cual borregos sencillos, crucificarnos con sistemas eléctricos y guardas privados. Nos sentimos a salvo en la penumbra de no saber nada del otro. Nos vamos aislando fuera y dentro de la pantalla. No se trata solamente de irnos aislando cada vez más en nuestros temores, sino de aislarnos también en esa narcicista y solitaria experiencia de la sobreexposición. Máquina panóptica. Nuestra sociedad -decía Foucault con justa razón-, no es una sociedad del espectáculo sino de la vigilancia. Yo diría que es una mezcla de ambas: la vigilancia se ha convertido en espectáculo.
El autómata Sr. Feisbuc nos da la posibilidad de convertirnos en el ojo que todo lo mira, nos brinda la orwelliana posibilidad de ser todos los días el Gran Hermano, y nos regala, además, la ilusoria sensación de la cercanía y una cercenada posibilidad de la inmediatez. ¿Qué más se le puede pedir al Siglo XXI?
Acumulación de instantes, acumulación de información: sé dónde están mis amigos, sé lo que comieron, sé cómo se sienten, sé, sé, sé, sé sus fragmentos. Y el tiempo, al igual que la página de inicio, es un vómito de datos donde todo transcurre sin dejar huellas.
Desde que el satánico señor Feisbuc apareció en mi vida, todo ha cambiado; no sólo porque revisar el correo es correr el riesgo de morir aplastada por una avalancha de notificaciones, comentarios, invitaciones a eventos, cadenas de comentarios de conocidos y otro sinnúmero de personajes con quienes nunca he tenido el gusto o disgusto de interactuar, sino porque ahora ya no necesito ver por la ventana para vinear al otro. Nada más rico, sí, que hurgar en la vida del otro. Porque si antes teníamos que correr la cortina y hablar bajito para espiar a los vecinos, ahora, por obra y gracia del señor F, tenemos la plácida dicha de samueliar a nuestro antojo la vida y los muros de todos nuestros contactos. Tenemos nuestro panóptico para vigilarlos a todos sin ser vistos. Tenemos nuestro propio reality show al alcance de un clic, además de un chorro de amigos acumulados en cajitas donde vamos a visitarlos: una linda granja, un mundo feliz.
La posibilidad de ser una mirada sin rostro es absolutamente seductora. Feisbuc es la materialización de una sociedad obsesionada con la ilusión de la inmediatez, alimentada por la soledad de millares de ojos que, apostados por doquier, siempre en vigilia, conforman, como bien señaló Foucault en su momento, una larga red jerarquizada. El Sr. Feisbuc ha llegado para quedarse. Se ha instalado en la cotidianidad de nuestras soledades.
Pero no crean, a pesar de todo lo anterior no soy una fundamentalista anti-feisbuc; no creo que todo sea todo sea perverso en el carelibro… Tengo algunas historias rescatables de mi relación con el malvado y panóptico Sr. F. Lo malo es que, por razones que podrían ser erróneamente asociadas a twitter, repentinamente he caído en cuenta: se me acabó el espacio... y también la inspiración.
sábado 3 de octubre de 2009
O
Eso me pasa por olvidar los postes
las bancas
por tragarme el humo
sin saber a dónde me llevará la calle.
Si no fuera por este ojo cansado
que sigue buscándole perros a los huesos,
pupila telúrica y desencajada.
Este ojo triste
amotinado
que se dobla contra el resto de mi cara
contra la sombra de una ciudad que tiembla,
gorda y sola
que fuma y desaparece
en la parte más negra del párpado.
Las dos estamos llenas
Las dos estamos tristes
ciudad y yo
de silencio
y cuitas de paloma.
Somos lo que queda de un vestido rojo
En el armario más olvidado del cuarto,
las uñas quebradas,
una mañana de sol con viejitas que lloran
hasta romper de un solo golpe las aceras.
Mi ojo,
es probable,
morirá atropellado
como si fuera una mosca
encima de un tarrito de mermelada,
y se quitará entonces el nombre que le dieron,
como quien se quita un viejo sombrero
irá la sangre llegando al caño
y las ambulancias
todas,
llegarán a los postes
donde él y yo
seguiremos amotinados contra el resto de la cara,
huyendo de esta tarde que
repentinamente
se habrá quedado sin techos.
las bancas
por tragarme el humo
sin saber a dónde me llevará la calle.
Si no fuera por este ojo cansado
que sigue buscándole perros a los huesos,
pupila telúrica y desencajada.
Este ojo triste
amotinado
que se dobla contra el resto de mi cara
contra la sombra de una ciudad que tiembla,
gorda y sola
que fuma y desaparece
en la parte más negra del párpado.
Las dos estamos llenas
Las dos estamos tristes
ciudad y yo
de silencio
y cuitas de paloma.
Somos lo que queda de un vestido rojo
En el armario más olvidado del cuarto,
las uñas quebradas,
una mañana de sol con viejitas que lloran
hasta romper de un solo golpe las aceras.
Mi ojo,
es probable,
morirá atropellado
como si fuera una mosca
encima de un tarrito de mermelada,
y se quitará entonces el nombre que le dieron,
como quien se quita un viejo sombrero
irá la sangre llegando al caño
y las ambulancias
todas,
llegarán a los postes
donde él y yo
seguiremos amotinados contra el resto de la cara,
huyendo de esta tarde que
repentinamente
se habrá quedado sin techos.
viernes 25 de septiembre de 2009
nísperos y tiempo
Han pasado dieciocho años desde la última vez que me subí a un árbol, y veinticinco desde que dije, con la enana sabiduría de los cinco años: "cuando sea grande quiero ser doctora de carros."
Me vi al espejo. Eran las siete en punto de la mañana, hora de salir a caminar. Hora de empezar el martes, a pesar de que hace mucho seguirá siendo lunes en el apartamento que nunca he tenido.
Lunes en la cicatriz del aeropuerto, lunes en mis dos canas nuevas y lunes en el principio de espinilla que se asoma en la punta de mi nariz.
Demasiadas hormigas en mi escritorio; demasiado negras, necias y pequeñas. Lo raro es que siempre recojo las boronas de los textos y de lo que como encima de ellos, pero las cabronas terminan inundándome la mesa y la paciencia.
Tengo la mano llena de lugares a donde nunca iré; tengo la vida llena de cosas importantes: muchos libros que no he leído, un té verde y una joroba que ya no puedo ni quiero disimular. Amanecí demasiado narrativa y mi espalda lo sabe; ya empezó a dolerme.
Cierro la puerta, escondo mi llave en la maceta de la entrada. Son las siete y veinte de la mañana, hora de empezar la caminata y saludar a los vecinos.
Nunca es tarde, pienso, con la enana desesperación de mis treinta años. El árbol del parque ya empezó a llenarse de nísperos, y yo podría, con un poquito de esfuerzo, convencerme de que hoy es martes, convencerme de que hoy, a pesar de tanta hormiga, es perfectamente posible que deje de ser lunes.
Me vi al espejo. Eran las siete en punto de la mañana, hora de salir a caminar. Hora de empezar el martes, a pesar de que hace mucho seguirá siendo lunes en el apartamento que nunca he tenido.
Lunes en la cicatriz del aeropuerto, lunes en mis dos canas nuevas y lunes en el principio de espinilla que se asoma en la punta de mi nariz.
Demasiadas hormigas en mi escritorio; demasiado negras, necias y pequeñas. Lo raro es que siempre recojo las boronas de los textos y de lo que como encima de ellos, pero las cabronas terminan inundándome la mesa y la paciencia.
Tengo la mano llena de lugares a donde nunca iré; tengo la vida llena de cosas importantes: muchos libros que no he leído, un té verde y una joroba que ya no puedo ni quiero disimular. Amanecí demasiado narrativa y mi espalda lo sabe; ya empezó a dolerme.
Cierro la puerta, escondo mi llave en la maceta de la entrada. Son las siete y veinte de la mañana, hora de empezar la caminata y saludar a los vecinos.
Nunca es tarde, pienso, con la enana desesperación de mis treinta años. El árbol del parque ya empezó a llenarse de nísperos, y yo podría, con un poquito de esfuerzo, convencerme de que hoy es martes, convencerme de que hoy, a pesar de tanta hormiga, es perfectamente posible que deje de ser lunes.
miércoles 26 de agosto de 2009
Arbor
Mae, ¿querés? –me dijo Silvia.
Diay sí, mop, lléguele –le dije yo.
La tripa estaba nerviosilla, dejémonos de cuentos. Luego de pensarlo bastante durante la semana, finalmente escogí dos textillos. Hacía miles de años que no leía en público, así que andaba un poco herrumbrada y bastante ansiosa. Traté de que no fueran muy largos, como quien dice, para no aburrir demasiado al estimable público. Los otros invitados que iban a leer ese día eran poetas. Uno de ellos era Felipe. Felipe Granados. Así que bueno, fuimos pasando poco a poco, cada quien leyó un par de cositas. La gente respondió tuanis, por dicha. Mi tripa se fue calmando cuando me senté en el banco y empecé a leer. Catarsis absoluta. Cuando terminé me fui a sentar atrás. Felipe, creo, fue el último que leyó ese día. No sé si esto sea cierto, o si lo estoy inventando ahora que todavía está demasiado fresca la imagen de su ataúd saliendo de la iglesia. La cosa es que Felipe leyó. Yo había escuchado hablar sobre él, pero nunca lo había leído, es decir, nunca lo había escuchado leer.
Leyó un par de poemas, creo, ahora no recuerdo, y leyó además un pequeño relato sobre su abuelo, su familia y Cartago. Yo a Felipe no lo conocí como sí pudieron conocerlo sus amigos, sus amigas, sus familiares, su pareja, sus vecinos, sus hijos… todos los amigos que estuvieron hoy en el entierro. No sé cuál era su cerveza preferida, su música preferida, lo que lo hacía sentirse feliz por las mañanas. No sé nada. Yo a Felipe solamente lo escuché leer ese día, ese texto. Y yo a Felipe lo recordaré siempre por ese único texto. No recuerdo con detalle las palabras que usó para decir lo que dijo, pero recuerdo claramente, como si fuera ayer, la sensación tan hijueputamente hermosa que me dejó. Eso es lo que recuerdo y esa es la razón por la que siempre voy a estar agradecida con él. Eso es lo que dejó Felipe en mí: el efecto de un texto. La sensación de que a pesar de tanta mierda, de que a pesar de tantas mierdas, la vida es el instante breve en que un muchacho delgadito se sienta en un banco y empieza a leer unas hojas como quien no quiere la cosa, y todo alrededor se hace nada y a la gente le brillan los ojos, porque no hay remedio: agua tiene que salirle a uno del alma cuando la belleza se asoma de esa forma en la boca de alguien. Agua tiene que salirle al alma cuando uno ve a Felipe Granados irse así. La gente sonríe y él lee; son cinco minutos si acaso. No sé cuál era su cerveza preferida, no sé nada sobre él. Solo ese texto. Es lo único que supe de él.
Gracias, Felipe, por ese día y por el agua que nos sacaste del alma.
lunes 17 de agosto de 2009
1619
Sangre y tiempo
Ilustrísimo Padre,
Ahí van todos.
Rencos, flacos,
una nube de mosquitos
las barrigas infladas.
Son 400
Talamanca en llamas
400 indios bajando de la montaña
a Cartago llegan,
Padre,
y a la par de la hierba
seguirá creciendo la cizaña.
Arde a lo lejos
Gloria a Dios
Arde Talamanca.
Los ojos clavados en el suelo.
Vergüenza ha de darles,
Oh Señor,
la desnudez,
la desgraciada costumbre
de vivir y dormir
al lado de sus muertos.
Por eso vienen enfermos
y se caen de repente
y mueren de repente
y no lloran ni se quejan
solo caminan
cuesta abajo
ruedan como piedras
y es todo silencio.
Talamanca arde
y Cartago cada vez más cerca.
Algunos se desploman;
no importa, son 400.
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