viernes, 3 de octubre de 2008

11


Ayer era 11.
No el siptémber iléven,
El de las gemelas y Bin Laden.

Era el otro.

Mi jefe me dejó salir temprano,
Me dijo:
“tenga cuidado,
lleve pasamontañas”
Y luego se rió, dando media vuelta.

Talvez porque yo vivo en la periferia; él no.
O porque yo viajo en metro; él no.

Él cruza la Avenida 11 de septiembre
todos los días.
Y llega,
proactivo y perfumado,
a sentarse en su oficina,
mientras afuera Gases y Antimotines.

Él llega a su casa
En el barrio alto,
A su ghetto aséptico.
Ansioso por leer El Financiero.

Se saca los zapatos,
se rasca,
se pone a ver la tele.

Afuera, en la estación Tobalaba,
hay una masa de gente apretada contra la ventana,
pies, manos, ojos, bocas desapareciendo,
Mientras en la edición de las nueve,
solamente hay dos torres cayendo.
Mientras afuera, en Santiago,
la cicatriz sigue ardiendo.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Parque Forestal

sábado, 6 de septiembre de 2008

Intento de poema, luego de muchos años de no hacer

Será que es como andar en bicicleta,
Y basta solo con montarse de nuevo,
cerrar los ojos,
Agarrarse fuerte,

Y pedalear hasta irse de panza en el pavimento
En la marea de las cosas que pasan,
En la cara del señor de la mañana

Irse de panza,
Hacer un verso sin esfuerzo,
Mientras la chorcha de sangre,
el pantalón y el parche

Será que regreso a alguna parte,
Con la sensación de nunca haberme ido,
El sonido de mi cuerpo cayendo,
la bici dando vueltas.

Mi cabeza pedaleando hasta el morete,
y este poema naciéndome en la rodilla,
En esta tarde mojada, adolorida.

Después de muchos años de no hacer,
Volver a soltar las manos

sábado, 16 de agosto de 2008

Las mil y una noches

jueves, 7 de agosto de 2008

Felipe

Para tío, en Tierras Morenas.


Afuera el día, y adentro mi tío abuelo con los ojos muy abiertos. Enroscado y minúsculo, a pesar del metro noventa que tanta suerte le había traído siempre con las mujeres.

Se llevaron un televisor, un cepillo eléctrico, dos pares de zapatos, y un reloj -no el de arena que tenía en la mesita de noche, a la par de la cama, sino uno de batería, 100% made in China-.

A cambio le dejaron dos balas, una que entró y salió, estrellándose contra la pared que daba al patio; otra que lo despedazó por dentro.

Afuera cantaban las chicharras y el viento, mientras adentro la sangre resbalaba en las rendijas de la madera.

Mi pobre tía, como todos los martes, venía llena de bolsas y recados. Cómo imaginarse que ahora, en cuestión de una ida a la pulpería, mi tío Luis se había convertido en un extraño que empapaba de rojo su cocina, un cuerpo inerte que la dejaba ahí, paralizada y ahogada de miedo.

Felipe fue el único que vio a la muerte llegar.

Mordió la cuerda y se zafó, y a como pudo llegó a la puerta de la cocina. Ahí vio la mancha roja, incontenible, agrandándose más y más en la madera. Vio a tía cuando entró y escuchó el ruido de sus bolsas desparramándose en el suelo.

Toda la noche lloraron. Ella soltando de a poquitos ese cuerpo encogido, ahora desangrado y desconocido, dejándose ir en picada a la tristeza; y él hecho un puño en el patio, con esa forma extraña de llorar que tienen los caballos.

Al día siguiente, hubo una cola interminable de vecinos y familiares, la finca repleta, un molote de gente caminando despacito rumbo al cementerio.

La finca de mi tío era el último pedazo de tierra sin vender, una isla encallada entre dos hotelotes cinco estrellas. Mil veces los gringos ofrecieron comprársela y otras tantas dijo él que no y que no. Daba media vuelta, ensillaba a Felipe, y los dejaba hablando solos, con un puñillo de billetes verdes saliéndose de sus pantalones.

Creo que por eso lo mataron, porque ese terreno era un camino de agua en un Guanacaste cada vez más seco.

El entierro fue a las diez de la mañana, con Felipe a la cabeza, a trote lento al lado de mi tía abuela. Él con los ojos negros, enormes y llenos de lágrimas, con el lomo arqueado por el viento, y ella con la cara arrugada por la ausencia.

Cuando llegamos al cementerio, antitos del mediodía, Felipe se paró al lado de la caja y no hubo forma de moverlo. Se pegó como una estaca al suelo, hasta que mis otros tíos tomaron el ataúd y lo bajaron. En ese momento su calma se convirtió en furia, los ojos se le llenaron de grito, y levantó las patas, desesperado, alzó la cola y relinchó desde lo más seco de la finca arrasada.

El reloj de arena dejó caer el último grano, en la mesa de noche, y Felipe, con la crin revuelta por el viento, emprendió galope firme hacia la tarde, con mi tía acurrucada en su lomo.

jueves, 17 de julio de 2008

La piedra cayendo

Una tras otra fueron llegando. No pararon de entrar desde que despuntó el alba hasta que cayó la noche, y el volcán se tapó de bruma y luciérnagas. Fueron llenando la sala con sus voces de aguacero, rezándole misterios al que en vida fue de todas y de ninguna, y que ahora, tranquilito en su caja oscura, inofensivo en su traje entero, les dejaba finalmente el camino abierto.

Era como tirar una piedra en un estanque hondo, con la tranquilidad de verla hundirse para siempre. Como abrir la puerta y barrerlo todo hacia el rincón más luminoso del patio.

No podía faltarle nada; se esmeraron en cada detalle. Comida, flores, fotos, rezos, porque enterrándolo, enterraban domingos y delantales.

Comieron a destajo, tomaron hasta que no quedó ni un pedazo de madrugada colgada en las hamacas del corredor; y al día siguiente, se levantaron, se bañaron y arreglaron, y juntas, en fila india, se fueron al cementerio.

Respiraron tranquilas cuando la caja llegó al fondo, cuando oyeron el ruido seco del cuerpo cayendo en el hueco.

Cerraron los puños al ver que las ondas iban rompiendo el agua.
Era la muerte, finalmente; la muerte y su boca abierta. Entretanto la comida, las moscas en la cocina. La libertad.

viernes, 23 de mayo de 2008

 
Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.