lunes, 15 de marzo de 2010

Post-terremoto (parte 1)

¿Por qué se escandalizan tanto los medios de comunicación y los grupos oligopólicos chilenos con la imagen de los saqueos? ¿Con qué reserva moral juzgan y reprueban el comportamiento de cientos de chilenos y chilenas que, en las horas posteriores al terremoto y el tsunami del 27 de febrero, no vieron mejor cosa que saquear supermercados y farmacias? ¿Por qué se refuerza, de manera insistente, la idea de que esos “otros” que saquearon almacenes y farmacias, no son los “verdaderos chilenos”? ¿Quiénes y cómo se espera que sean, entonces, los “verdaderos chilenos”? ¿Cómo se supone que debía comportarse un “verdadero chileno” en zonas donde la ayuda, lamentablemente, empezó a llegar muchas horas después de pasado el terremoto?

¿Cómo es posible que quienes defienden a ultranza una postura ideológica que sobrevalora la competencia, la agresividad, el utilitarismo y el individualismo como formas de relacionarse, e incluso, de anular al otro, se espanten ante el estallido fáctico de esas formas de comportamiento que ellos mismos defienden, y que, además, se atrevan a señalarlas y satanizarlas? ¿No era hasta cierto punto esperable que en un país que ha sido sistemáticamente sometido a la privatización de sus recursos y sus riquezas más elementales: agua, energía, telefonía, educación, salud… gran parte de la gente reaccionara con esa furia desbordada y marcadamente individualista? ¿No era acaso lógico que a un país, a una sociedad a la que le han ido mutilando de forma programada las instancias y los espacios para defender sus propios derechos ante el capital privado y extranjero, donde las personas trabajan diez horas diarias, cinco días a la semana, con escasa o nula posibilidad de sindicalizarse, con salarios mínimos que rondan los 168 mil pesos al mes, reaccionara de manera tal ante una situación que era, a todas luces, absolutamente inesperada y a la que se sumaba la escasa previsión en cuanto a mecanismos de evacuación?

Orgullosos deberían sentirse los medios y los grupos de poder chilenos de que un gran porcentaje de la población afectada –no toda, afortunadamente- reaccionara tal y como ellos la han moldeado desde hace 30 años: llevando a la práctica el axioma de que para ser hay que tener y acumular. Olvidaron los saqueadores, al igual que los presidentes-empresarios y los ministros-gerentes, que los televisores de pantalla plana, por esas cosas de la vida, no resuelven las necesidades más inmediatas de alimento, cobijo y seguridad.

¿Qué nos están diciendo esos chilenos que, además de llevarse el alimento que necesitaban, optaron por robar mucho más para luego venderlo a sus vecinos? ¿Qué tiene de chocante para un empresario ver al pueblo desbocado, obedeciendo al pie de la letra su ideología de que lo que importa, ante todo y sobre cualquier cosa, es lucrar, incluso con el dolor y la necesidad del otro?

Esos que se escandalizan ¿querían acaso que luego de ver arrasadas sus casas, sus lugares de trabajo, de ver morir ahogados a sus familiares y amigos, los damnificados se contuvieran estoicamente e hicieran fila para usar sus tarjetas de débito marca Falabella en el supermercado más cercano? ¿Querían que se aguantaran el hambre y la desesperación, que respetaran el “orden” en espera de los camiones que llegarían varios días después, en conjunto con los militares y los toques de queda?

La reacción de mucha gente, en esas comunidades afectadas, no es en absoluto gratuita y pone en evidencia lo que le pasa a un pueblo al que le han tratado de anular por todos los medios simbólicos y estructurales posibles el sentido de pertenencia y de colectividad; pone en evidencia lo que pasa cuando el eje de la vida queda fijado en una única preocupación: sobrevivir a como dé lugar y pasar por encima de quien haya que pasar para lograrlo. La “turba”, como le llamaban los medios, es el resultado de años y años de miedo, indiferencia y políticas excluyentes, nada más que eso. La violencia, por supuesto, es su lenguaje.

¿De qué se escandalizan las élites políticas y El Mercurio? ¿No están acaso recogiendo lo que durante tantos años han sembrado: el desbordamiento de la ira y la insatisfacción colectiva?

Los pobladores de Dichato, Concepción, Cobquecura y demás zonas afectadas fueron directamente a supermercados y farmacias, lugares donde sabían que podían abastecerse, a la fuerza o como fuera, de lo más básico. Los mismos lugares, vale decir, que han sido denunciados en reiteradas ocasiones por competencia desleal, abusos de precio y ausencia de libertades sindicales para sus trabajadores. Así las cosas, en este universo de pro-actividad donde todo es vendible y transable, ¿no resulta lógico que los consumidores –sujetos sociales a los que antes se les llamaba ciudadanos-, en una especie de ajuste de cuentas, cobraran un poco de la bonanza que ellos mismos han colaborado a crear?

Vuelvo entonces a la misma pregunta: ¿quiénes son y cómo deben comportarse los “verdaderos chilenos”? ¿Se espera de ellos que sean solidarios y pacíficos?, ¿que antepongan el bien colectivo a sus intereses de supervivencia más inmediatos, a pesar de que hace más de treinta años que se les inculca lo contrario? ¿No es esto una obscena y descarada doble moral?

¿Saquear no era acaso la forma más "proactiva" y "agresiva" de conseguir y satisfacer sus necesidades más básicas? ¿No es ese comportamiento consecuente con la lógica del llamado “libre mercado”, ideología que defiende la idea de ser competitivo y agresivo en todas las facetas de la vida? ¿Por qué entonces ese extrañamiento frente al actuar de una masa que simplemente llevaba a la práctica, de la manera más desesperada, tales preceptos? ¿A qué obedece tanto escándalo y sermón moral? ¿Por qué se les llama bárbaros si lo que hicieron fue, en buena parte, llevar a la práctica el know how del capitalismo extremo?

La solidaridad, en Chile y el mundo, se ha ido borrando del discurso y de la praxis: ahora se hace “trabajo en equipo”, pero se hace para cumplir con metas y objetivos, en pos de la productividad y la reproducción del sistema; no se hace para compartir o aprender con el otro.

¿Y qué pasa con el saqueo como práctica institucionalizada? Al saqueo que llevan a cabo las transnacionales se le llama, comúnmente, "desarrollo" o "emprendimiento". ¿Entregar el cobre a empresas privadas y cobrar un impuesto ridículo a cambio no es una forma de saqueo también, al igual que la contaminación de los mares por parte de las salmoneras o el uso indiscriminado de los suelos por parte de las forestales?

El pueblo chileno, en su conjunto, ha sido saqueado una y otra vez, y eso le ha permitido erigirse en modelo y laboratorio del capitalismo extremo. Es el único miembro latinoamericano de la OCDE (organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), suerte de "VIP" de los países llamados desarrollados; sin embargo, de qué le ha valido estar entre los más avanzados si, a la hora de la hora, ha quedado en entredicho su capacidad para ir en ayuda de los más necesitados en las zonas afectadas.

Saqueadores han sido las empresas inmobiliarias que desaparecieron o se declararon en quiebra para evadir sus responsabilidades con cientos de inquilinos que, durante años, han pagado cuotas altísimas para tener su propio apartamento. Saqueadoras, a su vez, son las tres o cuatro familias multimillonarias que el día de la Teletón made in Don Francisco donaron el menudo que les sobró de sus utilidades anuales, esas mismas corporaciones que alistan motores y se afilan los dientes para ir a lucrar con el negocio de la reconstrucción de las zonas arrasadas. En definitiva, era necesario que muriera y desapareciera la cantidad de gente que murió para que, en un abrir y cerrar de ojos, los Luksic, familia dueña de la mitad de Chile –la otra mitad le pertenece al recién investido presidente- sacaran 2.700 millones y lo donaran, sin "interés alguno" y sin arrugar la cara.

Cabe decir, además, que esos “pillos”, esos “salvajes”, esos “otros” de las "turbas" no eran, en su gran mayoría, delincuentes: eran gente común y corriente, profesionales de clase media y sectores trabajadores. Gente cansada y asustada, con necesidades básicas, con miedo, hambre y sed. Lo que se vio en los días posteriores al terremoto fue absolutamente sobrecogedor, porque esos otros, agresivos y desesperados, esa cara sin nombre que nosotros, en Santiago o en cualquier otra parte del mundo, veíamos en la tele, podría, perfectamente, ser cualquiera; de hecho, éramos todos.

Esas “hordas desaforadas” fueron la excusa perfecta para lanzar los milicos a las calles y reforzar en el imaginario colectivo la idea de que la única forma de llamar a la calma es con el “brazo militar”…peligroso mecanismo si se tienen en cuenta los antecedentes de un país como éste, donde el carácter “imprescindible” de las fuerzas armadas es una idea profundamente instalada en la mentalidad del chileno promedio.

A Chile, con este terremoto y el sufrimiento de tantas personas se le ha caído una vez más la careta, el disfraz que pone en duda su “milagro económico". Pienso, con el paso de los días y las réplicas que siguen sacudiendo esta tierra, que es importante vernos reflejados en esos "otros" anónimos de Dichato y Talcahuano.

Chile y Haití… quién lo iba a decir, dos caras de una misma moneda.
 
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