"C'était comme une plaie triste la rue qui n'en finissait plus, avec nous au fond, nous autres, d'un bord a l'autre, d'une peine a l'autre, vers le bout qu'on ne voit jamais, le bout de toutes les rues du monde"
L. F. Céline. Voyage au bout de la nuit
Con las disculpas del caso para papillo Céline, porque no encuentro las tildes para las "a"...
jueves, 15 de noviembre de 2007
domingo, 4 de noviembre de 2007
Marsella
Me daba por pensar que íbamos cortando la piel de la oscuridad, escarbando con furia y paciencia hasta meternos en las arterias de Marsella. Ya instalado en el anaranjado chillón de los asientos, echando raíces en ese inicio que era siempre el final de lo mismo, me dedicaba a los viajantes. En apariencia eran todos iguales, usuarios que entraban y salían de los vagones con Marseille Plus hecho un puño entre las manos, y la frente todavía más arrugada que las hojas del periódico; pero al verlos más de cerca, solamente un poco, las diferencias empezaban a quemarme como burbujas de agua caliente.
El metro era implacable pero justo.
Hundido en mi asiento, en esa boca metálica que iba tragándose a Marsella y lanzando pedazos de gente sola en las esquinas, me abandonaba a lo más adentro del cansancio, a la voz escamosa del tipo que lloraba con la mano derecha levantada, una mano arrugada en el mar de abrigos negros que miraban fijamente hacia cualquier parte menos a los círculos que sus dedos retorcidos recortaban en el aire.
A su lado, la mujer de abrigo rojo era una grieta en el tiempo gris de ese vagón, un comienzo de esperanza en esa caja de tiempo que iba perforando la oscuridad como una bala o un recuerdo. Me miraba directo los ojos, cosa extrañísima en tales circunstancias, contenta de haber encontrado un sitio en donde poner a descansar sus pensamientos: le servía de mesa o de silla, anaranjado como el asiento en donde estaba sentado.
Se bajó en Saint- Charles.
Se bajó en Saint- Charles.
De golpe los dedos del tipo empezaron a encogerse en la estela roja que su abrigo iba dejando al otro lado de la ventana. Y la tristeza de sus manos fue haciéndose enorme, como una herida abierta por el luto repentino del abrigo que iba perdiéndose poco a poco en el andén. Un pájaro, decía, un pájaro, mientras cerraba el puño y empezaba a llorar más fuerte, más claro. Y la gente, a miles de centímetros de distancia, seguía con la frente arrugada, esperando llegar a alguna parte.
Llegó mi turno, y como a todos, el metro terminó por lanzarme a la superficie blanca de la tarde. Eran las seis y media, y todavía quedaban unas cuantas gaviotas flotando sobre las luces que allá, en el puerto, empezaban a encenderse. Prendí un cigarro y empecé a bajar la Canebière. El mistral seguía empeñado en despedazar las esquinas con sus ráfagas punzantes.
Cuando entré al café y saqué mis puños del abrigo, en una mezcla inexplicable de tristeza y pájaros, descubrí, con una tranquilidad inesperada, que mis dedos se habían arrugado de golpe, que eran negros y empezaban a recortar círculos en el aire. Y entonces empecé a llorar cada vez más fuerte, cada vez más claro. Marsella me había dado la bienvenida.
domingo, 28 de octubre de 2007
El ombligo del patio
En el kinder había dos clases de chiquitas: las que se adueñaban de la casita, generalmente eran cuatro o cinco, y las que merodeaban la casita a una distancia prudencial, normalmente más de diez. La lógica de las primeras era simple: impedir la entrada a las segundas, y la de éstas, buscar mecanismos para resistir a las primeras. Lucha de clases en estado embrionario.
Tomando como referente el ombligo imaginario de ese patio –la casita-, mi mundo de 1984 se dividía nítidamente en dos clases de mujeres: las de adentro y las de afuera.
Yo era de las que vivía en la periferia, cosa que, debo admitir, lejos de mejorar ha ido empeorando con el paso de los años. Yo era de las que conjugaba los verbos en casita: la soñaba, la dibujaba, la tocaba desde lejos, la deseaba, la merodeaba, la peleaba, la lloraba, la mordía, la hablaba, la reclamaba. Tengo la teoría de que ahí se me incubaron la escritura y la nostalgia.
Para las chiquitas de adentro, la casita simplemente era. Punto.
Para las de afuera, como yo, era un podría ser, un me gustaría. Cicatriz primordial. Diferencia ontológica de base.
Pienso que ahí, en ese patio que olía a ciprés y a cafetales, a más de una se le despertó el gusanillo de la revolución. También me doy cuenta que para muchas de mis amigas la vida no ha sido más que la reescritura de ese patio lleno de viento, la lucha incansable por conquistar esa casita de tablas pintadas y reivindicar a la chiquita que siguen siendo a pesar de mayoría de edad y ese tipo de cosas.
Aunque a los cinco años era difícil entenderlo, lo cierto es que haber estado en la periferia, en el resto del mundo que no era ombligo, nos hizo liberarnos de esclavitudes desvencijadas. Nosotras, a diferencia de ellas, cazábamos mariquitas, construíamos ciudades con tucos de colores, nos colgábamos de cabeza en los pasamanos, hacíamos tortitas de barro y perseguíamos sapos luego del aguacero.
Libertad de la buena.
Pero siempre, debo confesarlo, a pesar de las rayuelas y las rodillas cholladas, quedaban pedacitos de nostalgia en las bolsas de la gabacha, esa sucia tristeza de tablones verdes flotando en los ojos, esas ganas de ver el patio desde adentro de la casita, y habitarla aunque fuera sólo durante un recreo, en un acto de suprema libertad.
En el fondo la cosa era saber qué se sentía estar adentro del ombligo que dividía al mundo en 1984.
Toda la vida me he preguntado qué sentían las chiquitas de adentro, si estar ahí las hacía tan felices como creíamos nosotras, las de afuera; si el placer era estar en la casita o impedirnos el paso a las demás. También me pregunto qué estaría escribiendo ahora si hubiera sido como ellas. ¿Tendría acaso una nostalgia de mariquitas y tortitas de barro, un eco de agua llovida entre las manos? A lo mejor me perseguiría la tristeza de no tener cicatrices en las rodillas y la sensación irreparable de que me quieren robar la casita, o tal vez el pavor de no tener amenazas suficientes para sentirme dueña de algo.
Con suerte y mi hija, cuando esté más grande, me saque de dudas. Ella, por cosas de la vida, es de las de adentro.
viernes, 19 de octubre de 2007
sábado, 13 de octubre de 2007
Recordatorio de octubre
Durante ese año me robaron mi salario no sé cuántas veces. Así que empecé a sentirme como la heroína de una novela Televisa, con cara de Lucerito en su mejores años, medio Sísifo en todo caso, porque me pasaba toda la semana subiendo la cuesta de las transcripciones, descifrando le lengua franca de los gerentes del Banco hasta que llegaba el jueves, me depositaban el salario, e ipso facto llegaba el mopri y me chuliaba. De pronto estaba metida en una novelucha policial y cada uno de mis colegas era un ladrón en potencia.
Para consolarme, panza arriba en la cama, me decía que se trataba de un guiño que me hacía la vida, un pellizco en la nalga de la rutina, en fin, algo que me sacaba de la asfixiante sincronía de los días en el sétimo piso del Banco Popular.
Empecé a consultar toda esa sabiduría popular a la que uno recurre cuando todo lo demás está desahuciado. Me hacía unas terapias intensivas de padre y señor nuestro, y cada jueves, a las dieciocho horas con treinta y tantos minutos, le encendía una vela a la Negrita, y me decía "hoy no, mamita, hoy no, la ratica de dos patas no va a sucumbir en la tentación", digo, porque ya era mucho, y la vida no puede ser así, tan cruel con la gente que se gana la vida con el sudor de sus dedos y el sacrificio de sentir cómo se le va reventando el túnel carpal poquito a poco.
Ese día, con el bus tambaleándose al final de la tarde, sorteando los huecos a la par de la muchacha que mascaba chicle con tanta energía como si el mundo fuera a acabarse en la próxima esquina, aturdida con La Hora de Los Novios y la voz melosa de la locutora y su Tauro saluda a Géminis, que lo ama mucho, y Osita saluda a Osito, que lo espera hoy en la noche, me deshacía en la desesperación de no saber, en la intangible identidad del ladroncillo de mierda que ya para entonces atentaba fuertemente contra mi salud financiera y mental, o lo poco que quedaba de ellas; ahí, terriblemente sola y abrazada a mi bulto, como todas las tardes en el bus de Cedros, con cara de Osita ajustició a Osito, de Sagitario enfurecido mató a Acuario indefenso, me percataba de que era digna para estar mañana en la primera plana de la Extra, o peor aún, de la Teja. Me dejaba ir en picada mientras el chofer, ahogado en cadenas y repleto de anillos, luego de escanear las partes más carnosas de mi cuerpo, abría la puerta y de muy mala gana me lanzaba a la noche, con esa forma tan dulce que tienen ellos para expulsar seres humanos al aguacero torrencial, a lo más crudo de octubre luego del referéndum, y una vez ahí no quedaba más que llorar y llorar por las cosas que pasan cuando la gente dice Sí. No quedaba nada más que ganas de llorar y seguir diciendo No.
Ya en la casa, abrazada a las cobijas, sucedía la avalancha de siempre, el laberinto existencial de no saber quién se empeñaba en hacerme la más ojerosa y malpensada de todas las transcriptoras del sétimo piso. Pero nada, los días siguieron su curso, y yo, la de ágiles dedos, la de oídos cansados, ponía todos sus sentidos en el tecleo de sus actas y cuando podía, de sus actos, resignada a ser cliente frecuente de la plataforma de servicios, en donde terminé haciéndome íntima de los muchachos que muy amablemente rehacían mi tarjeta cada semana. Sin embargo, cuando estaba a punto de presentar un cuadro paranoico de 7.5 en escala Richter, resulta que la Negrita me concede audiencia y me demuestra que los milagros pasan todos los días, que llegan con la puntualidad de la sección de Sucesos.
Al día siguiente, como todos los días desde hace tantos años, llego a la oficina y hago plop cuando me acerco a mi escritorio y veo un par de orejas enormes, inconfundibles, y el lunarcito altanero a la orilla de la boca, me froto los ojos y en efecto, es él, el mismísimo premio Nóbel, encorvado en mis gavetas, husmeando como una rata entre papeles. El presidente del Sí, consumido de jupa entre mis cosas, así como se oye, escarbando en mi malhadada billetera de transcriptora. Entonces, en ese cubículo de cuatro metros por seis, veo venir a mi abuelo, a mi abuela, a los hijos que no he tenido, a mis vecinos perseguidos, a la gente que me abrazó sin conocerme en las calles; la veo venir a ella, nítida: la furia de octubre y sus aguaceros. Y con todos ellos a mis espaldas, gritando en silencio, cuando ya las ganas de ahorcarlo son cataratas que empiezan a inundarme las manos, me le tiro encima en un puro terremoto de hijueputazos amargos.
Al día siguiente, naturalmente, la noticia salió en la primera plana de la Extra, “Transcriptora del Popular trata de ahorcar al Presidente”, pero dos días después, como era de esperarse en este país, ya todos la habían olvidado.
La paz siguió su curso inevitable, y él, impune, siguió robándose mi salario cada jueves.
Escribo entonces para los hijos que aún no he tenido, para que recuerden que el Ladrón era él, para que nunca olviden que siempre lo fue.
miércoles, 19 de septiembre de 2007
Nos-otros
"There is only one thing you can do with a woman -said Clea once.
You can love her, suffer for her, or turn her into literature"
Lawrence Durrell, Justine.
El búnker de nosotros era diferentísimo al de los diccionarios. A decir verdad, todas las palabras son distintas a como vienen en el diccionario. Por eso, consultar ese librote es como dejarse engañar por un predicador; igualito. La explicación tranquiliza un rato, pero cuando la palabra lo vive a uno en la calle nuestra de cada día, aquello que dice el diccionario irremediablemente se despedaza, igual que el sermón cualquier predicador.
Búnker: refugio subterráneo contra bombas. Eso es lo que dice la Real Academia; sin embargo, el búnker que yo frecuenté no era precisamente subterráneo. Todo lo contrario.
Era muy terrenal, sin nada de ‘sub’, porque al Chito la idea de colocarle ese prefijo a cualquier aspecto de su vida, sin lugar a dudas le habría ocasionado una reacción alérgica o una gastritis. Entonces, obviando las implicaciones semánticas y sus efectos secundarios, llamar búnker a su apartamento le pareció igual de apropiado que a mí; sobre todo porque ocurrió de repente, sin bautizo y al final de una botella de vino blanco La terra, cuya marca también le hacía honor al carácter terrenísimo de nuestro recién inventado bunkercito.
Pese a tanta terrenidad, en el búnker sucedían cosas extraordinariamente requete. Requete-tostadas, requete-soques, requete-bellísimas o requete-unheimlich, de acuerdo con la circunstancia y con lo que cada uno anduviera sintiendo en determinado momento. Todo era probable. Así como en una pared podía uno encontrarse a jesucristo muy clavadito en su cruz y en la otra al pisuicas con su par de colmillos bien afilados, del mismo modo, se podía saltar de la risa al llanto con la Fitzgerald cantando suavecito al oído, o con Bob y el Toshtado balanceándose entre el humo.
Las certezas en el búnker fueron agonizando una tras otra. Naturalmente, en medio de tantos estertores, el Chito y yo terminábamos muriéndonos de la risa o del espanto al ver bailar a nuestros fantasmas con el resto de una tropa absurdamente heterogénea. Chito, lacanianamente convencido, afirmaba que ésa era nuestra forma de hacer-nos terapia; después se acomodaba los anteojos y se levantaba de su silla porque la chicharra estaba pidiéndole puerta desde hacía rato.
Y de este modo, con bastante ternura, poca pasión y conversaciones que se extendían hasta muy pero muy entrada la madrugada, no sólo terminé levantándole la sotana a la Real Academia, sino también convenciéndome de que estaba aprendiendo a con/jugar y a jugar/con la primera de plural. Quizás por eso, aprender a desconjugar algo que nunca existió fue un proceso duro y tarantuloso; pero eso es algo que viene después de una grieta.
Antes de que esa grieta apareciera, el Chito siempre estaba en algún lugar del búnker, lejitos de mí, enrolando con cuidado, hablando, bailando y metiendo el churuco a cada rato. ¿Y qué sucedía entre un churuco y otro? Yo engullía quién sabe cuántos litros de vino Joan Sardá y trataba de convencerme de que ese búnker también era mío. Sin embargo, así como en la refri del búnker podía faltar cualquier cosa menos el combustible, al nosotros de nosotros le faltaba mucho para llegar a ser una primera de plural.
Mientras duró el espejismo, bailé sola y bailé con él. Bailamos. Y por supuesto, hicimos el amor. Porque al amor, ya se sabe, hay que hacerlo y rehacerlo, inventarlo infinitamente para creer que existe. Y entre tanto humo, tanto vino y tanta conversación, reímos siempre y nos quisimos bunkercianamente.
En efecto, el búnker era un refugio; mi refugio de todos los viernes y de muchos sábados, pero la blindada solidez de la definición se reveló ilusoria y resultó ser tan vulnerable como nosotros: el ruido de la calle entraba sin tocar la puerta y el que producíamos nosotros también se salía sin avisar...porque la vida, ya se sabe, está llena de rendijas, y aunque yo anduviera la barriga hasta el tope de vino y una disposición absoluta para hacerme la loca, una de ellas fue haciéndose cada día más grande.
Debo decir que en el búnker no todo era ludus con libido: también había fantasmas enrollados en las botellas y un reloj que nos miraba fijamente desde la pared, inconmovible y tanatológico. La arena de sus agujas siguió derramándose hasta que un día se convirtió en una grieta que empezó a arder en silencio. No hubo entonces más remedio que enfrentar al silencio y resbalar de la mano hasta nuestro final.
Debo decir que en el búnker no todo era ludus con libido: también había fantasmas enrollados en las botellas y un reloj que nos miraba fijamente desde la pared, inconmovible y tanatológico. La arena de sus agujas siguió derramándose hasta que un día se convirtió en una grieta que empezó a arder en silencio. No hubo entonces más remedio que enfrentar al silencio y resbalar de la mano hasta nuestro final.
Ula Ula regresó a mi casa patas arriba en una bolsa plástica, junto a Pellejo; y a los dos no les quedó más opción que revolcarse en el fondo de ese extraño entierro, en esa mudanza lenta y dolorosa que desfigura las noches hasta convertirlas en polvo.
Ese día, por obra y gracia de la tristeza, supe que la única manera de no perderme en el polvo de esa mudanza era llenar la grieta con otros nombres, salirme de ese búnker que yo misma había inventado.
lunes, 3 de septiembre de 2007
Eso que le pasa a uno como a los doce
1. Es como esos adornos que se ponen en la sala y van llenándose de polvo y de olvido, porque además de ser feos, no sirven para nada, sólo para incomodar. Decir menstruación es igual que ponerse vestido para ir a misa. No hay nada peor en la vida, ni siquiera las clases de matemáticas después del recreo de almuerzo. Para mí lo peor del vestido no era el calor infernal de la iglesia a mediodía, las nubes de incienso pestilente apretándome los pulmones o las voces chillonas de las señoras que se sentaban a cantar en primera fila. Lo peor era mi tía Ofelia –que Diosito la tenga donde mejor le parezca- una viejilla cascarrabias que pasó los últimos cinco años de su vida advirtiéndome que no me subiera a los árboles porque se me podían ver los calzones. Yo le decía que sí y me sentaba muy quietecita a su lado, aunque en el fondo estuviera absolutamente convencida de que no servía de nada andarse cuidando el trasero porque el viento y los chiquitos, inevitablemente, se encargaban de levantarle a uno las enaguas. Las flores de mis calzones, muy a pesar de mi tía, terminaron adornando los jardines que rodeaban la casa cural, y recreándole la vista al padre Eduardo, el viejo más verde que he conocido en toda mi vida; a él y a su séquito de monaguillos-aprendices de viejo verde. Con el paso de los años y de varias reglas, he llegado a una conclusión: no sirve de nada andarse cuidando los calzones y es igualmente inútil decir Menstruación, porque por más pulcra que sea la palabra, la regla es regla, y ya. //2. La Menstruación, diría mi profesor de ciencias. Me da risa escucharlo decir esa palabra porque la eme del principio le sale enfática, casi solemne, pero a medida que avanza hacia el centro, la solemnidad se va apachurrando hasta llegar a la ene final: una ene jorobada e insignificante que termina perdiéndose en la negrura de sus bigotes. Es como si tuviera asco de mancharse con la ene, pobrecito; como si dejara de ser hombre por culpa de esas 12 letras tan llenas de sangre.// 3.Mi hermana mayor es experta en dolores de regla, la pobre sufre migrañas espantosas que la tumban con fiebre durante tres días. A mí lo que me pasa con la regla es que me pongo triste. Me da tristeza la gente, me da tristeza el clima, me da tristeza mi reflejo en el agua, me da tristeza la tristeza. Pero la tristeza no es lo único, me dan ataques de hambre y mi panza se vuelve un barril sin fondo. Como, como, como y podría seguir comiendo durante los cinco días que me dura. Podría comerme cincuenta veces la despensa de mi casa y aún así quedaría con hambre. // 4. La regla me vino a los nueve. Fue horrible. Manché la silla y el uniforme que, para peores, era blanco. Como me vino tan pequeña se me fue bastante rápido, una semana antes de cumplir los treinta y ocho. Juro que fue lo mejor que pudo haberme sucedido. Ahora soy libre. // 5. En la casa éramos tantas mujeres que el día que me vino se vinieron todas al baño a esperar que saliera. Tías, hermanas, abuela, mamá, vecina, primas, empleada y perrita. Me habían dicho muchas cosas: que dolía, que era feo, que había que lavarse muy bien y a cada rato, que tenía que tener cuidado con los hombres porque ya era una Señorita. Yo no entendía por qué, a partir de ese día, tenía que tenerle miedo a los hombres, de hecho, lo más extraño de todo fue que no me dolió ni me pareció feo, sólo me sorprendió que la gente le diera tanta importancia a un poquito de sangre. Del baño me fui directo al espejo, y a pesar de todo lo que me habían dicho, encontré mi cara exactamente igual: los lunares seguían intactos, las pecas tenían el mismo color. Di media vuelta y me fui al patio a jugar. Ese día no me interesaba empezar a ser una Señorita. //6. A todas mis compañeras ya les había venido, solo Alicia y yo faltábamos. Creo que por eso nos hicimos más amigas. Ella era mucho más alta que yo, pero sumamente delgada. La verdad es que por poquito y nos viene el mismo día. A mí me vino primero, un jueves por la tarde. Después de ponerme la toalla, salí corriendo a su casa para contarle. Creo que se enojó conmigo porque cuando le conté no me dijo nada, solo dio media vuelta y cerró la puerta. Yo me quedé como estúpida en el corredor de su casa, luego me fui. Tres días después, fue ella la que llegó corriendo para contarme que ya le había bajado. Apenas salí me dio un beso, creo que esa fue su forma de disculparse. //7. Lo que más recuerdo es el olor del mar y lo pegajosa que me sentía cuando llegué al baño a orinar. Cuando me quité el vestido de baño, me encontré con una manchota color vino. Supongo que duré mucho en el baño, porque después de cambiarme la ropa y hacerme una toalla de emergencia con un rollito de papel, me senté en la taza y agarré el vestido para ver la mancha. Le pasé los dedos por encima, la sangre estaba seca. Recuerdo que las olas reventaban muy cerca de mis oídos y yo sudaba y sudaba. Cuando volví a la playa me senté en la arena, ya era de noche y la marea había empezado a subir. Me sentía rara. // 8. Marzo es el mes más caliente y yo venía del colegio, sudada desde los pies hasta el último pelo de la cabeza, la clase de educación física era la última. Tiré las cosas en el estudio y me fui soplada a mear. ¡Puta, ya me vino! La verdad es que ya era hora, ya me estaba preocupando, no quería ser la última de la clase...No era tan roja como creía, y la verdad es que viendo la manchita me sentí feliz, diferente. Mami estaba en el cuarto, subí a avisarle. Papi todavía no había llegado. Por más que hago memoria, no recuerdo exactamente lo que me dijo, solo recuerdo que volví al baño con la toalla en la mano, me la puse y bajé a almorzar toda campante, con el bodoque bien acomodado entre las piernas. Era como una regresión a las mantillas. //9. Un chorrito de sangre diluyéndose en el mosaico blanco de la ducha. Eso es.
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