martes, 10 de agosto de 2010

Cuando me acuerdo de mi país (Patricio Manns)

Cuando me acuerdo de mi país
Me sangra un volcán.

Cuando me acuerdo de mi país
Me escarcho y estoy.

Cuando me acuerdo de mi país
Me muero de pan,
Me nublo y me voy,
Me aclaro y me doy,
Me siembro y se van,
Me duele y no soy,
Cuando me acuerdo de mi país.

Cuando me acuerdo de mi país
Naufrago total.

Cuando me acuerdo de mi país
Me nieva la sien.

Cuando me acuerdo de mi país
Me escribo de sal,
Me atraso de bien,
Me angustio de tren,
Me agrieto de mal,
Me enfermo de andén,
Cuando me acuerdo de mi país

Cuando me acuerdo de mi país
Me enojo de ayer.

Cuando me acuerdo de mi país
Me lluevo en abril.

Cuando me acuerdo de mi país
Me calzo el deber,
Me ofusco gentil,
Me enciendo candil,
Me encrespo de ser,
Despierto fusil,
Cuando me acuerdo de mi país.

domingo, 25 de julio de 2010

1996


Hay muchas formas de empezar a contar lo que tengo que contar. De todas, sé que ninguna es la mejor. Es el año 1996, creo, o quizás el 97, y hay una mujer sentada en la banca del parque, donde el sol le cae a pedazos sobre los hombros. Hay mucha gente pasando, cruzando la calle. Las horas se hunden en las aceras, como si los caños fueran de arena y no de cemento.

Hay muchas formas de empezar esta historia; todavía no sé si ésta sea la mejor. La mujer sentada podría llamarse como mi abuela, pero en el fondo no creo que se llame como ella. Es delgada, tiene el pelo negro y muy corto. Parece que sonríe. Desde acá no se ve muy bien si sonríe o si ese trazo en su cara es más bien la sombra de una rama que se está secando. Trato de enfocarla lo mejor posible. Me gusta la expresión desprolija que le cuelga de los labios. Me gusta mucho. Una manera rara de pájaro.

Espero que no se mueva, que se quede ahí mientras la mañana se derrumba sobre sus hombros. Me apoyo en la ventana, la veo ahí sentada mientras todo a su alrededor es ruido, gente que pasa, camiones que pitan, ciudad amarrada a la pata de una mesa.

Apagué el cigarro, corrí al cuarto a buscar la cámara. Volví a la ventana en diez segundos, esperando que no se hubiera ido de la banca, deseando que la luz siguiera ahí mordiéndole el cuello, y que la rama seca siguiera dibujándole cosas en la cara. Llegué, me apoyé en el marco; enfoqué y disparé. Logré la foto que quería.
Luego la vi desplomarse. Vi la banca llenarse de palomas.
Se hizo un gran círculo de gente alrededor.
Yo fui la última en llegar.

martes, 13 de julio de 2010

°°°°°°°

Anoche soñé una mancha negra en la boca de mi abuela,
y me levanté asustada
a orinar y esperar que pasara el miedo,
las nubes el polvo el ruido lejano de la carretera.

Todo ocurre siempre en el baño
Sola frente a la ventana,
donde cordillera y frío llegan
a escarbarme las heridas
con sus ramas puntiagudas sus hojas secas.

Antes de regresar a la cama
me veo la espalda en el espejo:
es una curva larga que empieza en noviembre
una situación arrugada
y llena de puertas.

(*)
A medias cierro el pantalón de mi pijama,
Bajo la cadena
Y me invade una pereza sobrehumana de lavarme las manos.

A lo mejor mañana crecerá un árbol en la boca de mi abuela.


*ahora que lo volví a leer decidí quitar la palabra; a lo mejor mañana vuelva a cambiar de opinión.

lunes, 14 de junio de 2010

Post terremoto (parte 2)

Vendo, luego existo.

El ominoso título me produjo en la panza una especie de retorcijón ontológico: era, sin saberlo, el más perfecto preámbulo para el terremoto de 8.3 que nos sacudió las amebas el 27 de febrero del 2010.

A mí, por ser como soy y venir de donde vengo, esos mensajes del tipo Vendo, luego existo, que aterrizan cada cierto tiempo en mi correo del trabajo, me producen efectos secundarios que todavía no sé muy bien cómo manejar. Y estaba en ésas, justamente, tratando de rumiar el correo en mi cuarto estómago, cuando a las tres y media de la madrugada, las paredes de la casa empezaron a crujir.

Un temblorcillo, pensé.
Un temblorcillo fuerte, volví a pensar.
Pero no.
La mierda no paraba y hubo que levantarse en el acto.

Cierro los ojos. Insisto en hacerme la loca; total, vengo de un país donde también tiembla, y mucho. Recuerdo que no estuve en el de Cinchona, pero me digo que a pesar de semejante vacío, estoy fogueada en estos menesteres. La cama, más chúcara que nunca, salta y salta mientras las paredes crujen cada vez más fuerte.

La electricidad se va. Salimos. Me siento en el suelo del patio.
El horizonte era el ladrido oscuro de los perros. La tierra se encogía y se estiraba con furia.

Ahora, en mi cabeza, luna llena equivale a terremoto.

El lunes, con el miedo clavado en el estómago, mis compañeros de trabajo y yo tuvimos que subir a pie 23 pisos. A los jefes, por supuesto, los subieron en ascensor.

Ese día llegué a la casa llorando de cólera. Traté de ponerle camisa de fuerza a los nervios, pero se me estaban saliendo a chorros por los ojos. Ese día no paró de temblar y ese maldito piso 23 no paraba de moverse. A las siete de la noche, cuando salí, había filas y filas de gente asustada en los supermercados, en las bombas, en las farmacias. Gente con miedo subiendo y bajando escaleras. Gente que, igual que yo, se amarró la boca con camisa de fuerza para atender el teléfono como si nada. Era raro ver a un país tan orgulloso caer rendido a pedazos.

Réplicas. Más réplicas.

El sur devastado, incomunicado. Sin embargo había que estar tranquilito y hacer como si nada. Había que contestar el teléfono, servir café, y tratar de comunicarse con normalidad aunque todo alrededor fuera una mancha de silencio y miedo. Había que disfrazarse. Evitarle pérdidas a la empresa. El corazón se me encogía y se me estiraba como el lomo empapado de un animal lluvioso.

¿Por qué cuando pienso en terremoto pienso en luna llena, y por qué cuando pienso en la frustración de ese lunes pienso en el apellido alemán de uno de mis jefes? ¿Por qué cuando recuerdo el correo de ominoso título, en el Vendo, luego existo que vivirá eternamente en mi cuarto estómago, pienso en don Hans y la elegancia afectada de un apellido que combina perfectamente con sus ojos azules y su mal aliento?

Supongo que para quitarnos el odio, tendremos, pues, que hablar de don Hans.

El susodicho es, junto con mi jefe francés, uno de los socios mayoritarios de la empresa donde trabajo. Es vecino, por cierto, del nuevo y enano presidente que rige los destinos de este hermoso y maltratado país. Comparte con él, con el Señor Presidente, quiero decir, no solo la exclusividad de su elegante condominio, sino también una vocación empresarial forjada, con gran empeño, en las aulas de la Pontificia Universidad Católica de Chile: cuna de muchos prestigiosos ladrones que engalanan la historia de esta nación.

Don Hans, como les decía, tiene ojos celestes, mal aliento, y un apellido alemán que combina muy bonito con su nombre. Es casado, con amante de barrio alto, y dos hijas que estudian, lógicamente, en el mejor colegio privado católico de Santiago. La mayor de sus hijas se casó este fin de semana que acaba de pasar. Cuarenta mil pesos por plato, trescientos cincuenta invitados y sus respectivos acompañantes.

Ese día ominoso del correo, para mi mala suerte y como anticipo de los días terribles que se avecinaban, me topé a don Hans en el ascensor, justo a la hora del almuerzo. Me escaneó de arriba para abajo y, tratando de esconder su incomodidad por el largo recorrido que nos esperaba en esos minutos-ascensor que se hacen eternos cuando la compañía es indeseable, me preguntó, con una falsísima curiosidad, si Costa Rica era una isla y si, al igual que Colombia, tenía restricciones de visa en el extranjero por el tema de la droga.

La verdad no me extrañó para nada su ignorancia. Raro, rarísimo, hubiera sido lo contrario. En mi cabeza retumbaba, eso sí, como la más hermosa letanía, el estribillo del coaching empresarial que había aterrizado en mi correo esa mañana: Vendo, luego existo. Era la música de fondo más perfecta para el fatídico encuentro.

Y así, mientras me hacía comentarios absolutamente imbéciles como “Laura, ¡pero qué gran ventaja la de ustedes de estar tan cerca de Estados Unidos!”, yo no podía evitar recordar la voz de don Gregorio, el jardinero que hace un par de años lo llamaba tres veces al día, cinco días a la semana, para recordarle una sola cosa: los 30.000 pesos que le debía por el arreglo que le había hecho en su jardín.

Recuerdo, nítida, la voz de don Hans al otro lado del teléfono, histérico cada vez que yo marcaba su extensión para avisarle que lo llamaba don Gregorio: “Laura, dígale a ese caballero que no me moleste, que estoy sumamente ocupado… dígale que yo no le voy a pagar nada y que lo voy a llamar cuando me dé la gana.”

La voz de don Gregorio retumba en el ascensor mientras veo a don Hans gesticular de manera afectada y preguntar estupideces por compromiso. Estupideces de todo tipo para llenar, a como dé lugar, el vacío de esos 22 pisos que faltan hasta llegar al primero, en donde, afortunadamente, se acabará el calvario para los dos. Él se irá, contento, a comer algo ligero en algún restaurante para gente como él, mientras yo me iré a calmar mis náuseas debajo de un árbol, en mi parque de siempre.

Han pasado casi cuatro meses desde el 27 de febrero.
A los damnificados, en el sur, se les “llueven” las casas a pesar de la tecnología canadiense traída por el enano presidente. En Santiago, el Gobierno y don Hans están contentos porque el trauma del terremoto, según ellos, ya está completamente superado. La economía, reactivada, vigorosa, obliga a voltear la página. Dice el Ministro de Economía, agradeciéndole a su Dios-Mercado, que los índices, por fin, están levantándose. Ha ayudado también el mundial, apunta sesudamente, porque ha habido una compra importante de televisores.

Adoremos pues, a Shakira y su waka waka.

Para mí el terremoto no termina de acabarse, y, debo decirlo, cada vez que veo la luna llena, siento que a lo mejor, muy probablemente, el horizonte se agrietará de nuevo con el ladrido oscuro de los perros.

domingo, 23 de mayo de 2010

//...//

El domingo le rompió las costuras a la casa
Y toda,
roja, gorda y completa,
fue sumergiéndose sin tregua.

A pesar de que el agua hervía en la cocina,
No le importó el calendario,
los ojos hundidos del perro
o las fotos que naufragaban en las paredes.
Reventó las ventanas,
las sábanas tibias,
Fue máquina de hacer libélulas.
Se cansó del frío tallando promesas en el centro de la mesa,
se hartó de la puerta y sus adjetivos
para tratar de que nada duela.

Un camión pita a lo lejos
y mi vecina,
llena de ojeras y de hijos,
descubre que una casa gorda, de madera
sangra en su piso como ballena muerta.
Se da cuenta que nada queda de sus amapolas.
Del otro lado del patio
Empiezo a construir todo de nuevo,
en el fondo cambiante de una maleta muy vieja.

sábado, 24 de abril de 2010

Intermedio

Está la sala oscura
Y adentro un gato con las uñas en suspenso.
Un gato azul como cualquier cenicero
Subiendo lento y seguro por las paredes.

Está ella al fondo de esa misma sala,
rompiéndose los pies con los vidrios y uno que otro recuerdo.
Es viernes por la noche
tres de agosto
y hace frío.

Están la puerta, la sala,
La espalda arqueada:
víctimas indiferentes de tanto rótulo apagado,
y la noche acurrucada en la parte baja de las escaleras
como un pedazo de tela llenándose de luciérnagas.

Está la presencia negra de unas medias rotas
Un arete olvidado en la mesa de la cocina.
Está la calle afuera
como un río de silencio arrastrando gente en las esquinas.

Y ella con la boca abierta,
tranquila,
esperando que amanezca.

lunes, 15 de marzo de 2010

Post-terremoto (parte 1)

¿Por qué se escandalizan tanto los medios de comunicación y los grupos oligopólicos chilenos con la imagen de los saqueos? ¿Con qué reserva moral juzgan y reprueban el comportamiento de cientos de chilenos y chilenas que, en las horas posteriores al terremoto y el tsunami del 27 de febrero, no vieron mejor cosa que saquear supermercados y farmacias? ¿Por qué se refuerza, de manera insistente, la idea de que esos “otros” que saquearon almacenes y farmacias, no son los “verdaderos chilenos”? ¿Quiénes y cómo se espera que sean, entonces, los “verdaderos chilenos”? ¿Cómo se supone que debía comportarse un “verdadero chileno” en zonas donde la ayuda, lamentablemente, empezó a llegar muchas horas después de pasado el terremoto?

¿Cómo es posible que quienes defienden a ultranza una postura ideológica que sobrevalora la competencia, la agresividad, el utilitarismo y el individualismo como formas de relacionarse, e incluso, de anular al otro, se espanten ante el estallido fáctico de esas formas de comportamiento que ellos mismos defienden, y que, además, se atrevan a señalarlas y satanizarlas? ¿No era hasta cierto punto esperable que en un país que ha sido sistemáticamente sometido a la privatización de sus recursos y sus riquezas más elementales: agua, energía, telefonía, educación, salud… gran parte de la gente reaccionara con esa furia desbordada y marcadamente individualista? ¿No era acaso lógico que a un país, a una sociedad a la que le han ido mutilando de forma programada las instancias y los espacios para defender sus propios derechos ante el capital privado y extranjero, donde las personas trabajan diez horas diarias, cinco días a la semana, con escasa o nula posibilidad de sindicalizarse, con salarios mínimos que rondan los 168 mil pesos al mes, reaccionara de manera tal ante una situación que era, a todas luces, absolutamente inesperada y a la que se sumaba la escasa previsión en cuanto a mecanismos de evacuación?

Orgullosos deberían sentirse los medios y los grupos de poder chilenos de que un gran porcentaje de la población afectada –no toda, afortunadamente- reaccionara tal y como ellos la han moldeado desde hace 30 años: llevando a la práctica el axioma de que para ser hay que tener y acumular. Olvidaron los saqueadores, al igual que los presidentes-empresarios y los ministros-gerentes, que los televisores de pantalla plana, por esas cosas de la vida, no resuelven las necesidades más inmediatas de alimento, cobijo y seguridad.

¿Qué nos están diciendo esos chilenos que, además de llevarse el alimento que necesitaban, optaron por robar mucho más para luego venderlo a sus vecinos? ¿Qué tiene de chocante para un empresario ver al pueblo desbocado, obedeciendo al pie de la letra su ideología de que lo que importa, ante todo y sobre cualquier cosa, es lucrar, incluso con el dolor y la necesidad del otro?

Esos que se escandalizan ¿querían acaso que luego de ver arrasadas sus casas, sus lugares de trabajo, de ver morir ahogados a sus familiares y amigos, los damnificados se contuvieran estoicamente e hicieran fila para usar sus tarjetas de débito marca Falabella en el supermercado más cercano? ¿Querían que se aguantaran el hambre y la desesperación, que respetaran el “orden” en espera de los camiones que llegarían varios días después, en conjunto con los militares y los toques de queda?

La reacción de mucha gente, en esas comunidades afectadas, no es en absoluto gratuita y pone en evidencia lo que le pasa a un pueblo al que le han tratado de anular por todos los medios simbólicos y estructurales posibles el sentido de pertenencia y de colectividad; pone en evidencia lo que pasa cuando el eje de la vida queda fijado en una única preocupación: sobrevivir a como dé lugar y pasar por encima de quien haya que pasar para lograrlo. La “turba”, como le llamaban los medios, es el resultado de años y años de miedo, indiferencia y políticas excluyentes, nada más que eso. La violencia, por supuesto, es su lenguaje.

¿De qué se escandalizan las élites políticas y El Mercurio? ¿No están acaso recogiendo lo que durante tantos años han sembrado: el desbordamiento de la ira y la insatisfacción colectiva?

Los pobladores de Dichato, Concepción, Cobquecura y demás zonas afectadas fueron directamente a supermercados y farmacias, lugares donde sabían que podían abastecerse, a la fuerza o como fuera, de lo más básico. Los mismos lugares, vale decir, que han sido denunciados en reiteradas ocasiones por competencia desleal, abusos de precio y ausencia de libertades sindicales para sus trabajadores. Así las cosas, en este universo de pro-actividad donde todo es vendible y transable, ¿no resulta lógico que los consumidores –sujetos sociales a los que antes se les llamaba ciudadanos-, en una especie de ajuste de cuentas, cobraran un poco de la bonanza que ellos mismos han colaborado a crear?

Vuelvo entonces a la misma pregunta: ¿quiénes son y cómo deben comportarse los “verdaderos chilenos”? ¿Se espera de ellos que sean solidarios y pacíficos?, ¿que antepongan el bien colectivo a sus intereses de supervivencia más inmediatos, a pesar de que hace más de treinta años que se les inculca lo contrario? ¿No es esto una obscena y descarada doble moral?

¿Saquear no era acaso la forma más "proactiva" y "agresiva" de conseguir y satisfacer sus necesidades más básicas? ¿No es ese comportamiento consecuente con la lógica del llamado “libre mercado”, ideología que defiende la idea de ser competitivo y agresivo en todas las facetas de la vida? ¿Por qué entonces ese extrañamiento frente al actuar de una masa que simplemente llevaba a la práctica, de la manera más desesperada, tales preceptos? ¿A qué obedece tanto escándalo y sermón moral? ¿Por qué se les llama bárbaros si lo que hicieron fue, en buena parte, llevar a la práctica el know how del capitalismo extremo?

La solidaridad, en Chile y el mundo, se ha ido borrando del discurso y de la praxis: ahora se hace “trabajo en equipo”, pero se hace para cumplir con metas y objetivos, en pos de la productividad y la reproducción del sistema; no se hace para compartir o aprender con el otro.

¿Y qué pasa con el saqueo como práctica institucionalizada? Al saqueo que llevan a cabo las transnacionales se le llama, comúnmente, "desarrollo" o "emprendimiento". ¿Entregar el cobre a empresas privadas y cobrar un impuesto ridículo a cambio no es una forma de saqueo también, al igual que la contaminación de los mares por parte de las salmoneras o el uso indiscriminado de los suelos por parte de las forestales?

El pueblo chileno, en su conjunto, ha sido saqueado una y otra vez, y eso le ha permitido erigirse en modelo y laboratorio del capitalismo extremo. Es el único miembro latinoamericano de la OCDE (organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), suerte de "VIP" de los países llamados desarrollados; sin embargo, de qué le ha valido estar entre los más avanzados si, a la hora de la hora, ha quedado en entredicho su capacidad para ir en ayuda de los más necesitados en las zonas afectadas.

Saqueadores han sido las empresas inmobiliarias que desaparecieron o se declararon en quiebra para evadir sus responsabilidades con cientos de inquilinos que, durante años, han pagado cuotas altísimas para tener su propio apartamento. Saqueadoras, a su vez, son las tres o cuatro familias multimillonarias que el día de la Teletón made in Don Francisco donaron el menudo que les sobró de sus utilidades anuales, esas mismas corporaciones que alistan motores y se afilan los dientes para ir a lucrar con el negocio de la reconstrucción de las zonas arrasadas. En definitiva, era necesario que muriera y desapareciera la cantidad de gente que murió para que, en un abrir y cerrar de ojos, los Luksic, familia dueña de la mitad de Chile –la otra mitad le pertenece al recién investido presidente- sacaran 2.700 millones y lo donaran, sin "interés alguno" y sin arrugar la cara.

Cabe decir, además, que esos “pillos”, esos “salvajes”, esos “otros” de las "turbas" no eran, en su gran mayoría, delincuentes: eran gente común y corriente, profesionales de clase media y sectores trabajadores. Gente cansada y asustada, con necesidades básicas, con miedo, hambre y sed. Lo que se vio en los días posteriores al terremoto fue absolutamente sobrecogedor, porque esos otros, agresivos y desesperados, esa cara sin nombre que nosotros, en Santiago o en cualquier otra parte del mundo, veíamos en la tele, podría, perfectamente, ser cualquiera; de hecho, éramos todos.

Esas “hordas desaforadas” fueron la excusa perfecta para lanzar los milicos a las calles y reforzar en el imaginario colectivo la idea de que la única forma de llamar a la calma es con el “brazo militar”…peligroso mecanismo si se tienen en cuenta los antecedentes de un país como éste, donde el carácter “imprescindible” de las fuerzas armadas es una idea profundamente instalada en la mentalidad del chileno promedio.

A Chile, con este terremoto y el sufrimiento de tantas personas se le ha caído una vez más la careta, el disfraz que pone en duda su “milagro económico". Pienso, con el paso de los días y las réplicas que siguen sacudiendo esta tierra, que es importante vernos reflejados en esos "otros" anónimos de Dichato y Talcahuano.

Chile y Haití… quién lo iba a decir, dos caras de una misma moneda.
 
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