miércoles, 13 de mayo de 2009

De clubes y suizas centroamericanas

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martes, 7 de abril de 2009

Puede ser que de tu lado signifique eso

De nada, de nada sirvieron…Los libros del barbón en la biblioteca; el salpullido que le salía a mi papá cuando le hablaban de iglesia, padres, monjas o papas; de nada el colegio francés y su pedagogía de racionalismo ilustrado: tizazos a escasos centímetros de la cabeza o inmersión patas arriba en el basurero; de nada las disertaciones que me costaron sangre, sudor y lágrimas; de nada las borracheras y el noviecillo de quinto año: yo quería ser monja y nada más.

Y lo hice, a pesar del cataclismo, a pesar de Marx, la vajilla de mi abuela y el salpullido de mi papá.

Además de las razones clásicas -la vocación, el llamado, Dios-, me hice monja por una razón casi tan irracional como la fe: me gustaba caminar y toda la vida había visto que ellas, las Monjas, andaban para arriba y para abajo, viajando de congregación en congregación. Las veía siempre con su carita lavada, su velo largo protegiéndolas del viento, felizmente liberadas de tacones altos y maquillajes. Así que esta razón, banal y piadosa, fue la que terminó de definirme la vocación.

Pasado el cisma y recogidos los pedazos de vajilla de mi abuela, que volaron por los aires cuando hice el anuncio, un domingo por la tarde, me dediqué a lo que más quería: hacerme monja y caminar.

Montañas, avenidas, valles, montes, bosques, barrios, ríos, ciudades, callejuelas, mercados, aeropuertos, autopistas, tugurios, plazas. Caminé y caminé y caminé, y me di cuenta que a pesar de nuestras grandes diferencias, mi papá me había heredado su alergia por algunos padres, algunos papas y algunas colegas. Era inevitable, lo llevaba en la sangre, y cada vez que los veía o los escuchaba hablar, me agarraba una rasquiña insoportable.
Salpullido me daba también cuando ponía una pata fuera del convento y me la topaba a ella, la muchachilla de siempre, mi Oliveira balanceándose al otro lado de la tabla de madera, mi doppelgänger montándose en el bus, dando vuelta por la esquina, bajándose de un taxi, sentándose en una banca, llamando en el teléfono público, tomándose un café, haciendo fila, saliendo del cine, entrando a un parqueo. Era como un mal pensamiento, que sale cuando quiere y desaparece así como llega, sin previo aviso. Era la vida que yo había elegido no vivir, la vajilla de mi abuela quebrándose mil veces en esa tarde de domingo.

Era tanta la cosa, la obsesión, que decidí hacerme de un cuaderno donde anotaba, uno a uno, los encuentros. Día, hora, lugar, estado anímico, temperatura aproximada, testigos.

Ese viernes de aguacero torrencial, la vi salir disparada al otro lado de la calle. El semáforo se puso en rojo. Éramos ella y yo una vez más, una en cada esquina. Ya no importaba el aguacero, ni la presa ni la gente; nada importaba: éramos ella y yo de nuevo, ella deleitándose con su monjicidio mental, y yo subiéndome los ruedos para patear esa maldita coincidencia de todos los días. Cada una colocándose los guantes, listas para el cuadrilátero de viernes por la tarde en esa esquina empapada. Todo, absolutamente todo estaba escrito en ese baldazo de mayo, en esa presa interminable de viernes por la tarde…
El semáforo que cambia de color, yo que cruzo y ella que se resbala. Ella que me ve, odiándome más que nunca, más que todos los días juntos desde que yo soy yo y desde que ella es ella, desde que somos la misma furia en el espejo. Me putea, como de costumbre, pero esta vez es diferente. Vuela hacia el suelo, vuelan su enagua negra y sus zapatitos de tacón alto, vuela toda ella hacia el suelo, su cara de miedo, mi hábito de verla, su hábito de odiarme. Todo empieza a quebrarse.
Nada puede interrumpir lo sublime de verla caer. La extraña belleza de verla indefensa ante la gravedad. Sin embargo hubo un dolor pequeño primero, una punzada imperceptible en la boca del estómago, la lluvia, los pitos, los goterones golpeándome la cabeza, y una mano estirándose al otro lado de la tabla de madera, estirándose hasta alcanzarla, hasta sujetarla fuerte de la muñeca, salvándola de caer desparramada, al fin y al cabo la mentira en el espejo no podía durarnos más que ese instante.

lunes, 23 de febrero de 2009

Don Chito

miércoles, 18 de febrero de 2009

Principios monjiles de la paranoia

A algunas personas las persigue la mala suerte; a otras, la buena. A mí, las monjas.
Así es desde que tengo memoria, y no creo, sinceramente, que la cosa vaya a cambiar mucho. Al menos eso es lo que me dicen, cada uno a su modo, mi sentido común, mi Historia de Vida, y mi horóscopo de la Extra.

1. Ellas, las Monjas

Nunca van solas. Siempre andan en pareja o en trío, con sus zapatitos bajos de suela de goma, su monedero de cuero en la mano, su cara lavada y sus bigotitos incipientes como cogollitos en verano. Sonrientes o malencaradas, gorditas y sobre-alimentadas, flacuchas o desaliñadas, me las topo, religiosamente, en todo lado: en lugares monjísticos por naturaleza, donde son parte intrínseca del paisaje –las esquinas de la Dolorosa, las calles aledañas al María Auxiliadora, los teléfonos públicos cercanos a la Catedral, o bien, en días naturalmente creados para que anden sueltas en las calles, a saber, los domingos de catequesis en mi barrio, o los días de procesión en Semana Santa. En esos días y en esos espacios, resultaría absurdo no verlas ahí, apretando el paso con sus zapatitos bajos de suela de goma y sus bigotitos incipientes de cogollito en flor. Pero así como me las topo en su ecosistema monjil, en su perímetro lógico, me las topo en lugares curiosamente adversos a la praxis monjística.
En ambos contextos, confieso, mi reacción es siempre la misma: “Jueputas monjas que me salen hasta en la sopa”.
Su rol en mi vida, absolutamente misterioso en un principio, me fue revelado un día de invierno, a la salida del trabajo.
Yo era, hasta ese momento, una abnegada transcriptora de actas en un banco público. Era una obrera tecleadora devota y obediente. Ese día, recuerdo con vívida emoción, bajé los siete pisos hasta llegar a la planta baja. Andaba, como todos los viernes, con ganas de salir corriendo a descansar los brazos, que por tanta abnegación tecleadora, empezaban a llenarse de dolores y problemas de túnel carpal. Ese día, cosa rara, me había puesto enagua y zapatitos de tacón, que aunque eran bajitos, eran de tacón al fin y al cabo. Mi atuendo era sobrio: enagua negra y blusa blanca.
Ahora que lo pienso, con la tranquilidad y la tiesa objetividad que da el tiempo, mi ropa de ese día era paradójicamente similar a la de Ellas.
Yo iba disparada para afuera cuando empezó a gotear. Típica lluvia de octubre, que empieza como un pelito de gato inofensivo pero termina con San Pedro poniéndole empeño a la mudanza de chunches y relámpagos. Metros cúbicos de cielo desparramándose por los caños, remolinos de basura y viento azotando las aceras, presas de gente empapada, carros empapados, buses empapados. Luchas campales de paraguas, rodillas, brazos, sombrillas, bultos, bolsas de manigueta, mandados, pollos fritos y chiquillos limpiándose los mocos en las mangas del suéter. Yo era una más en la calle, tratando de llegar a mi destino, a mi Cerveza. Ellas, las monjas de ese día, hacían lo propio, tratando de llegar a su destino en medio de ese caos pluvial de viernes por la tarde.
Y pasó que las vi venir…y pasó que pensé lo de siempre…: “Jueputas monjas que me salen hasta en la sopa”, y no más diciendo esto, me hundo en un charco, me fallan los zapatitos negros que nunca me pongo, me resbalo, me empiezo a hundir en el pánico de ver que voy volando hacia un sonoro y acuático culazo, mientras veo a las Monjas acercándose por el flanco izquierdo, tranquilas, gozosas, ensuetadas, con sus bigotitos húmedos de lluvia tropical, mientras tanto, yo sigo alzando vuelo en plena avenida segunda, y la realidad josefina de goterones, relámpagos, pitos y humo, me va cayendo en el alma como un balde de agua fría. Yo abriendo la boca y del alma saliéndome un doble hijueputazo, uno por la caída y otro por las Monjas; desgarrada en la certeza del golpe que vendrá, el sopapazo húmedo y los calzones al viento, el ridículo lluvioso para cerrar con broche de oro mi semana de transcriptora abnegada, el señor del chinamo listo para el espectáculo.

Cierro los ojos y me dejo ir al vacío, resignada a caer de una vez por todas en el fondo del charco que me recibirá con los brazos abiertos, pero cuando todo mi peso sucumbe ante las leyes de la gravedad, ocurre el Milagro: una mano caliente y gruesa me agarra con una fuerza descomunal e inconmensurable. No puedo creer que algo sea capaz de detener, en ese preciso y fatídico momento, la catástrofe inminente de mi caída.
Abro los ojos con asombro, y veo los dedos de una de Ellas, sus dedos gruesos aferrados a mi muñeca, salvándome de la catástrofe. Miro sus bigotitos tensos tratando de evitar lo inevitable, su monedero de cuero cayendo en el suelo, los zapatitos de suela de goma aferrados a su tarea de evitar mi caída, las monedas para los pases desparramándose en el suelo.
Yo, temblando, abro los ojos en cuestión de segundos, y con asombro observo que se ha ido, que la Monja Salvadora no está por ningún lado. En un abrir y cerrar de ojos la he perdido de vista. El señor del chinamo me mira con asombro, no sin cierta nostalgia por ver truncado el espectáculo. Entretanto, mi Monja Voladora desaparece entre la multitud sin dejar rastro alguno, solo la marca de sus dedos gruesos en mi piel, el calorcito de su mano evitando mi caída, y para delicia de los transeúntes, un montón de monedas de quinientos en el suelo. El recuerdo de su voz retumba en mis oídos: “Tenga cuidado, m’hijita, que pa’ la próxima quién sabe si alguien le salva la tanda.” Y en voz más baja, como queriendo que yo no la oyera: “Qué vueltas las de la Vida, muchachas, ésta es la chiquilla que les contaba yo el otro día, la que me tiene hasta la coronilla porque me sale hasta en la sopa.”

Desde entonces, sobra decirlo, mi aversión por las monjas ha decrecido considerablemente.

sábado, 6 de diciembre de 2008

in vino veritas

lunes, 1 de diciembre de 2008

oda a la almohadita

La cosa es que yo tenía una almohada.
La tenía desde que entré a este mundo,
cerrándole el ojillo derecho al obstetra de mi mamá,

“De chiquitas van pa’ grandes”,

decía el doc, con su eterna sabiduría,
impresionado por la precocidad del bultito de carne,
que recién llegado al mundo,
le hacía ojitos con la mayor naturalidad.

La cosa es que me acostaban encima,
Cuando no era más que un par cachetes enormes,
Rosados.

Luego me fui haciendo grande,
o güevona,
para ser más exactos,
pero si algo seguía ahí,
intacto en mi cama y en mí misma,
era el calorcito de mi almohada.

Almohada,
cobija,
palabra,
juguete,
o silencio,
Cada quien tiene su manera
de quedarse atascado en la niñez.

Mi doc,
dice la leyenda,
Ese mismo al que le hice ojitos al nacer,
escondía la suya con sumo cuidado,
en la gaveta más alta del armario.

La llevaba a todos los congresos,
a todos sus viajes.
Y antes de rezarle a Hipócrates
su juramento diario,
La sacaba,
la olía,
la abrazaba,
Y a veces, Dios sabe que es cierto,
Echaba una que otra lagrimita.

En mi caso,
Era ella la guarida perfecta
contra el miedo a las sombras,
La compañera de viento y saltamontes.
El consuelo a los culazos
Que me daba aprendiendo a patinar.

Más tarde,
el colegio
y luego,
claro,
la Universidad y la Cerveza,
el borde interminable de la carretera.
El carro de George,
su motor dando tumbos en la noche,
los amigos,
las estrellas.

Vinieron las dudas,
los viajes,
las despedidas.
La cama,
el amor,
el tiempo.
Y la almohadita, apego infantilísimo,
el primero de todos
el más grande:
mi pedazo de tela
en vías de extinción
por exceso de babas y de sueños.

Un día, hace poco,
Se me ocurrió meterla en la lavadora.

Entró con dignidad,
Salió hecha mierda,

Y yo,
en lugar de aprovechar el accidente
Para botarla y hacerme adulta de una vez por todas,
Corrí por toda la casa
Tratando de guardar la compostura
Aguantándome el hipo,
las lágrimas,
los mocos.

Revolví la casa
hasta encontrar hilo y aguja,
la cajita de primeros auxilios.

Remendé lo que pude,
con la muerte mordiéndome los talones.
Pero la hemorragia era grande
Y el relleno salido,
Tripas de pasado por todas partes.

Hice lo que pude,
Pero el cadáver-almohadita
quedó lleno de cicatrices,
y cada punzada para salvarla,
un parche inútil en mi propia piel.

Cansada,
rendida por completo,
Desperté en noviembre
Con el corazón lleno de huecos,
y la adultez durmiendo en la puerta,
Enroscada como un perro, con el hocico abierto.

Nos vimos a los ojos como dos viejas amigas,
dos amigas que tienen mucho y nada que decirse.

Así seguimos viéndonos todos los días,
Yo,
tratando de ser
Dueña, señora de mis miedos,
repleta de curitas, de moretes,
igual que mi pasado,
Yo-almohadita,
isla rota de la niña que fui alguna vez.

viernes, 3 de octubre de 2008

11


Ayer era 11.
No el siptémber iléven,
El de las gemelas y Bin Laden.

Era el otro.

Mi jefe me dejó salir temprano,
Me dijo:
“tenga cuidado,
lleve pasamontañas”
Y luego se rió, dando media vuelta.

Talvez porque yo vivo en la periferia; él no.
O porque yo viajo en metro; él no.

Él cruza la Avenida 11 de septiembre
todos los días.
Y llega,
proactivo y perfumado,
a sentarse en su oficina,
mientras afuera Gases y Antimotines.

Él llega a su casa
En el barrio alto,
A su ghetto aséptico.
Ansioso por leer El Financiero.

Se saca los zapatos,
se rasca,
se pone a ver la tele.

Afuera, en la estación Tobalaba,
hay una masa de gente apretada contra la ventana,
pies, manos, ojos, bocas desapareciendo,
Mientras en la edición de las nueve,
solamente hay dos torres cayendo.
Mientras afuera, en Santiago,
la cicatriz sigue ardiendo.
 
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