jueves, 17 de julio de 2008

La piedra cayendo

Una tras otra fueron llegando. No pararon de entrar desde que despuntó el alba hasta que cayó la noche, y el volcán se tapó de bruma y luciérnagas. Fueron llenando la sala con sus voces de aguacero, rezándole misterios al que en vida fue de todas y de ninguna, y que ahora, tranquilito en su caja oscura, inofensivo en su traje entero, les dejaba finalmente el camino abierto.

Era como tirar una piedra en un estanque hondo, con la tranquilidad de verla hundirse para siempre. Como abrir la puerta y barrerlo todo hacia el rincón más luminoso del patio.

No podía faltarle nada; se esmeraron en cada detalle. Comida, flores, fotos, rezos, porque enterrándolo, enterraban domingos y delantales.

Comieron a destajo, tomaron hasta que no quedó ni un pedazo de madrugada colgada en las hamacas del corredor; y al día siguiente, se levantaron, se bañaron y arreglaron, y juntas, en fila india, se fueron al cementerio.

Respiraron tranquilas cuando la caja llegó al fondo, cuando oyeron el ruido seco del cuerpo cayendo en el hueco.

Cerraron los puños al ver que las ondas iban rompiendo el agua.
Era la muerte, finalmente; la muerte y su boca abierta. Entretanto la comida, las moscas en la cocina. La libertad.

viernes, 23 de mayo de 2008

domingo, 11 de mayo de 2008

Retrato

A mi jefe, el nudo de la corbata le queda como soga al dedo, como anillo al cuello.

Es de esas personas que retuercen los ojos cuando sonríen. No sé si me explico.

Tal vez porque sonreír le pasa tan poco que ya perdió la costumbre.

Un día de éstos, traté de hacer un hueco en la pared de su oficina,

un hueco pequeño, nada del otro mundo, y lo único que alcancé a ver fue la corbata de seda apuntando a su garganta, la ventana abierta, su cara de nada, y 25 pisos llamándolo en voz baja.

jueves, 17 de abril de 2008

Milagro de hora pico

Hoy, después de setenta y muchos días y no sé cuántas idas y venidas, por primera vez y Dios sabe si quizás por última, tuve la extrañísima suerte de agarrar un asiento en el metro.

En hora pico, eso es casi una hazaña, un casi-milagro, un privilegio.

Fue tan raro el asiento, tan anaranjado todo, tan triste la gente de pie viendo mi asiento, tan feliz yo con tanta tristeza de que fuera solo mío, tan contenta mi espalda, tan caliente el aire, tan absurdo el viaje, que no paré de llorar hasta que llegué a mi parada, hasta que todos a mi alrededor se fueron y volvieron y salieron, llenos de asientos y cansancio, llenos de lágrimas. Hasta que se abrió de nuevo la puerta y salí, y el metro se fue.

miércoles, 16 de abril de 2008

Dichoso Chito

sábado, 12 de abril de 2008

 
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